Matrescencia

MATRESCENCIA. Ana Quesada. Antropóloga, psicóloga especialista en educación y madre de dos hijos.

Convertirse en madre es una de las experiencias más transformadoras por las que puede pasar una mujer. El embarazo, el parto y el posparto son procesos que revolucionan por completo la vida.

¿Recuerdas tu reacción cuando descubriste que estabas embarazada por primera vez? Para mí fue u

na explosión de emociones:

alegría, miedo, ilusión, cierta sorpresa (porque aunque fue un embarazo buscado, no terminaba de creérmelo). A partir de ese momento, te formas una serie de expectativas (más o menos realistas) de cómo será esto de la maternidad, en función de tus deseos, las experiencias de otras mujeres, lo que muestran  los medios de comunicación… En el embarazo sabes más o menos lo que puedes esperar: aumento de peso, cansancio, náuseas, sensibilidad en el pecho, dolor de espalda… Vaya, un sinfín de cambios que no tienen por qué presentarse en todos los casos y que varían en intensidad y frecuencia, pero que son los que típicamente nos vienen a la cabeza cuando pensamos en una mujer embarazada. Además, se habla mucho de los cambios hormonales que se viven durante el embarazo, así que seguramente los cambios de humor no te pillan del todo desprevenida.

A medida que avanza el embarazo, empiezas a prepararte para la llegada del bebé. Les  preguntas a tus amigas, a tus compañeras de trabajo, a tu propia madre… Te imaginas a tu hij@, a ti disfrutando de él (o de ella),…  Empiezas a ir a las clases de preparación al parto, te relacionas con otras mujeres embarazadas, te haces con un montón de cachivaches que no sabes muy bien para qué sirven pero que por lo visto son imprescindibles para tu bebé, como un calienta-biberones,  un humidificador, un cojín de lactancia…  Además de un montón de ropa para cada ocasión, un carro de paseo, la silleta del coche, la cuna, la bañera. Vale, has hecho lo que tenía que hacer, ya estás lista para la llegada del bebé, ¿verdad? Tienes la casa preparada con todo lo que necesitarás, has ido a las clases, has leído sobre los cuidados del recién nacido, has hablado con otras madres…  Después de esto viene  el parto, que con suerte irá bien, y el posparto, que ya conoces perfectamente por lo que no te pillará por sorpresa. Sabes lo que son los loquios, los entuertos… Te has convertido en toda una profesional. Así que todo controlado, deseando ya que empiece esta nueva etapa de tu vida.

Pero resulta que no es exactamente así. Después del parto, los primeros días te encuentras un poco agobiada, seguramente por el cansancio, por tener que atender a todas las visitas que van llegando para conocer al nuevo miembro de la familia, por la falta de sueño, por la revolución hormonal…  El bebé necesita continuamente cuidados, y además, ya no eres el centro de atención, la gente ya no te pregunta a ti cómo te sientes o qué necesitas, preguntan por el bebé. Y tú te sientes desbordada, te gustaría que alguien se preocupara de tus necesidades también. De acuerdo, es normal, poco a poco todo irá estabilizándose, ¿no?

A medida que pasan las semanas, las cosas van cambiando. Tu cuerpo se va recuperando tras el parto. Ya no hay esa afluencia de gente entrando y saliendo de tu casa, como al principio. Te has convertido en una experta cambiando pañales, empiezas a conocer sus patrones de sueño, disfrutas dándole el pecho (o el biberón si es el caso). Sabes lo que necesita en cada momento, que no es exactamente lo que te habían dicho (más de la mitad de los cachivaches se quedan sin estrenar): contacto continuado, caricias, muchos abrazos…  Ha pasado la tormenta hormonal. Ya deberías de sentirte mejor, o eso piensas.  Pero… la maternidad no es exactamente lo que esperabas. Estás enamorada de tu bebé, sí, pero tú no te encuentras. No eres feliz, estás cansada, bloqueada, desbordada. ¿Dónde está la mujer que eras? ¿A dónde ha ido? ¿Volverá algún día? Y entras en una etapa de crisis de identidad.

Son muchos los factores que influyen en este proceso, que desde la Antropología ha sido denominado matrescencia , y que viene a ser la transición que pasa una mujer de no tener hij@s a convertirse en madre. Y a pesar de la gran importancia que tiene en la vida de las mujeres, ha sido bastante olvidado desde el modelo biomédico hegemónico. Tras el nacimiento de un(a) hij@, nace también una madre. Desde ese momento se disparan cuestiones emocionales, y debes reestructurar tu mundo, tu tiempo, tus prioridades, etc. Es una etapa de desorganización y de vulnerabilidad psíquica, en la que influyen factores biológicos, sociales, culturales y psicológicos, de ahí su complejidad. Obviamente, cada mujer lo vivirá de diferente manera en función de sus circunstancias personales.

En estos momentos es totalmente normal tener sentimientos encontrados: deseas con toda tu alma tener al bebé cerca, pero al mismo tiempo deseas tiempo y espacio para ti. Estos sentimientos hacen que te sientas culpable, ya que en nuestro imaginario se ha creado la imagen de la “madre ideal”, siempre feliz y contenta, siempre dispuesta a atender a las necesidades de su bebé, sin tener ella necesidades propias. Te comparas a ti misma con un modelo poco realista, y te sientes avergonzada por ello, por no ser lo “suficientemente buena”.

Durante la matrescencia, debes aprender nuevos roles y reintegrarlos con los que ya tenías. Se produce un cambio de identidad que te suele provocar conflictos contigo misma y con el entorno. Tu relación de pareja (en caso de haberla) ya no es la misma. Habéis pasado de ser una pareja a ser una familia. Surgen nuevas tensiones, fruto de vuestros nuevos roles tras la llegada del bebé y de las expectativas de cada un@, que no siempre coinciden con las del otr@. Estáis más cansados, puede ser difícil encontrar momentos de intimidad. Hay que adaptarse a la nueva situación.

Nadie te había hablado de esto antes, y no sabes si es que hay algo que no está bien contigo. La sociedad sigue siendo terriblemente patriarcal e invisibiliza la maternidad y todo lo que tiene que ver con ella. Después del parto, se espera de ti que te recuperes lo antes posible, que atiendas a tu bebé por encima de todas las cosas pero que no te descuides a ti misma, que mantengas un trabajo fuera de casa a tiempo completo pero que no dejes a tu hij@ para irte a trabajar, y que estés siempre encantadora. Y entonces te exiges más y más a ti misma, te sientes mal porque no estás haciendo lo que se espera de ti, o lo que tú crees que se espera de ti, sin saber siquiera qué es lo que realmente quieres tú, que te encuentras sumergida en un cúmulo de contradicciones.

No te preocupes. No estás sola. La matrescencia es una etapa de transición por la que pasamos todas las mujeres al convertirnos en madres. Una crisis vital que finalmente resulta ser una oportunidad de crecimiento personal, aunque a veces cueste creerlo. ¿Cuál es la mejor manera de transitarla? En primer lugar, debes saber que es totalmente normal tener estos sentimientos ambivalentes. En segundo lugar, presta atención a lo que te dicen tus emociones; tú sabes mejor qué nadie lo que necesitas, no te autoimpongas expectativas ajenas. Trata de tomar conciencia de ti misma, observa en qué momentos sueles sentirte más triste, enfadada, frustrada, para ver qué factores puedes modificar para sentirte mejor. Y en tercer lugar, habla de lo que sientes con personas que te puedan brindar apoyo. El papel que desempeñan los grupos de apoyo a la lactancia, círculos de madres, etc. es fundamental  en estos casos; hablar con otras mujeres que están pasando por lo mismo que tú resulta reconfortante y el hecho de apoyaros mutuamente aumenta la sensación de capacidad.